Camille saint saens homosexual

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Los ejemplos que aquí les vamos a ofrecer encajan en todas esas piezas, haciendo de la personalidad del músico un complejo muñeco articulado capaz de lo mejor… Demanda un tratamiento diferenciado y diferenciador, y si no se le dispensa se rompe por la costura más frágil de su traje de emperador: la susceptibilidad. Sin duda, la culpa es de los periodistas, faltos de conocimientos básicos sobre la psicología aplicada para genios, pero quedan disculpados mientras en el sistema universitario no se imparta la asignatura de Ética por profesores de carácter tan codificado como el de Shostakovich.

Imagínense cómo debió de sentirse Dmitri Shostakovich cuando, siendo el más alto representante del lobby musical soviético, fue enviado a Estados Unidos en 1949 como parte de una delegación musical rusa y, haciendo escala en Fráncfort, lo primero que le dio un periodista fue una palmada en la espalda seguida de una pregunta tan indudablemente existencial como: «Hallo, Shosty. De más dudosa insensibilidad pecó un reportero del American Music Center cuando, un año antes de su muerte, pidió a Arnold Schönberg una lista con sus composiciones escritas desde 1939.

La petición era inocente en apariencia, pero lo cierto es que encerraba una letal dosis de veneno que al común de los mortales nos hubiera pasado inadvertida. Así fue como dejó la petición sin respuesta, sin resistirse a anotar en el margen de la solicitud: «La persona que solicite un favor a Herr Schönberg deberá presentarse primero con el respeto necesario.

Deberá dar una explicación clara de si este favor que solicita sirve a un propósito amistoso hacia Herr Schönberg. En definitiva, no hay mejor defensa que un buen ataque, aunque sea a enemigos imaginarios.

Con este libro rindo a los músicos mi particular tributo y quedo en paz con ellos si es que he logrado prender la mecha del entusiasmo en tantos lectores que, como yo, viven penetrados por el hechizo del papel pautado. Uno tiene la sensación de que los músicos eran mediocres ojeadores en la visión frontal y avizorados maestros en la periférica, y que el esfuerzo por mantener a raya a sus rivales era para todos ellos una fatiga necesariamente asumida, un podrido fruto del que comían sin hambre, una necesidad casi superior a esa convicción de poseer la cualidad divina consistente en fabricar lo que momentos antes sólo existía en forma de idea.El hecho de estar escrito este libro por alguien que no es músico profesional le proporciona un interés añadido, pues no cae en la tentación de ser sólo apto para profesionales de la música, sino que se dirige a un público mucho más amplio y que sienta la curiosidad de conocer mejor a la persona que se esconde tras una composición y su intérprete.El mero enunciado de sus capítulos es una prueba de que su lectura servirá ciertamente a satisfacer la curiosidad del aficionado y acrecentar el disfrute de la música.Por todo ello deseo que este libro tenga el éxito que se merece y colabore a la difusión de un arte sin el que nuestras vidas serían mucho más pobres de contenido.* * * *Presentación Leonard Bernstein lleva mucha razón y mucha pasión en su cita. Pero para alcanzar esa certeza, siquiera en su estrato más incipiente, no hace falta ser músico, ni llevar toda una vida consagrada a la que yo, aun siendo escritor, considero la más fascinante de las artes.

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